miércoles, 16 de mayo de 2018

Tal y como el general había advertido, el coche de caballos se detuvo frente a La Indomable a primera hora de la mañana.

Rose había tomado apenas unas cuantas cosas necesarias, como una muda de ropa limpia y un pañuelo, para meterlas todas en el interior de un saco que la acompañaría durante todo un mes. Tenía que admitir que le había costado lidiar el sueño durante las pocas horas de la noche en las que podía descansar. No le preocupaba su padre, sino la nueva tarea que tendría que realizar. Se preguntó decenas de veces como sería Amelia, puesto que, aunque experimentada entre los hombres, no sabía como tratar a una mujer, menos aún si era una mujer complicada.

En cuanto el primer gallo anunció la salida del sol, la chica se echó el saco al hombro y se dispuso a salir de la casa, la cual estaba ubicada en la parte superior de la taberna. No la echaría de menos, de eso estaba segura. ¿Quien podría echar de menos una casucha sucia y destartalada llena de goteras? Sin embargo, justo antes de abandonar la vivienda, fue detenida nuevamente por la cavernosa y somnolienta voz de su padre.
-Ya sabes cual es el trato- anunció.
-No hay ningún trato-
-Entonces ni se te ocurra volver por aquí- Rose suspiró pesadamente, de forma que tuvo que volverse para mirarle.
-Has estado obviandome como hija durante cinco años. Cuando madre murió dijiste que no querías hacerte cargo de mi. Tampoco quisiste darme trabajo aquí y tuve que demostrarte que era tan válida como tú para que finalmente aceptaras. ¿Con qué derecho me pides ahora mí dinero?- gruñó -Nunca he sido una hija para ti-
-Pero eres mi empleada-
-No te debo nada por ser tu empleada. Al contrario, tú me debes dinero a mi-
-Búscate otro negocio si tan descontenta estás con este-
-Eso haré. Mi propio negocio. Quédate tranquilo, no vas a volver a verme una vez lo tenga-
-¿Tú? ¿Un negocio?- Edward rió ante la idea, para después señalarla -¿Qué negocio vas a montar tú? No eres más que una mujer pobre que no tiene donde caerse muerta.- Rose se negó a oír más. Mientras su padre seguía riéndose, abrió la puerta y se marchó.

Al poner un pie al otro lado de la casa, sobre el suelo húmedo y sucio de la calle, sintió que daba un paso adelante en su vida. Sintió terror por momentos, y después, se permitió unos segundos para respirar profundamente y liberar las tensiones. Montó en el coche de caballos y cerró la puerta, para que éste comenzase a tirar de ella hacia su nuevo destino.

Por el camino, Rose contempló como dejaba atrás numerosas casas y viviendas de Punta Ithaca para adentrarse en una zona menos habitada y más virgen que, desde que nació, había frecuentado pocas veces. Numerosas palmeras lucían altas por el sendero que los caballos recorrían cuesta arriba, alejándose cada vez más de la costa y adentrándose en el corazón de la isla. Al ver la naturaleza salvaje y la oscuridad de la zona, Rose entendió rápidamente por qué desconocía aquel lugar: Su madre jamás la había dejado jugar allí. Seguramente, le habría contado alguna historia de terror para persuadirla, cuando lo que realmente deseaba es que se alejase de las viviendas de los soldados que protegían la colonia. No debía hacerles demasiada gracia que una niña jugase cerca y pudiese llegar a hacer algún verdadero estropicio, pues los críos de la isla tenían fama de ser demasiado traviesos.

El coche se detuvo ante las puertas de una casa blanca, impoluta y bien cuidada. Era alta y frente a ella, se situaba un pequeño jardín delimitado por unas vallas negras y puntiagudas demasiado altas como para que cualquiera pudiera sortearlas. El hombre que había dirigido los cabellos, abrió la puerta de la verja y dejó pasar a la chica. Nada más entrar al jardín, William Horner abrió la puerta, vestido con el característico uniforme rojo de la milicia y cargando un enorme saco. Además, sobre su espalda colgaba un fusil bastante imponente. Parecía que se despedía de alguien que había a sus espaldas, pero a quien Rose no alcanzaba a ver.
-Oh ¡Rose!- William la miró, alegrándose de que el coche hubiese llegado sin percances. -Qué alegría que ya estés aquí. Ven, acércate- La chica obedeció, algo nerviosa -Ella es Amelia. Amelia, ella es Rose. Te va a acompañar en todo momento ¿De acuerdo?- De atrás de William, asomó una chica de cabellos rubios, casi dorados, ondulados y perfectamente peinados. Tenía la tez blanquecina como la leche y la nariz puntiaguda y rosada. Sus ojos de color avellana parecían algo apagados.
-Hola- Rose no supo que más decir.
-Hola- Dijo Amelia, igual de seca.
-Bueno, tesoro. Me tengo que ir. Volveré antes de que puedas empezar a echarme de menos- William abrazó a su hija y se apartó de ella. -Rose, tu pago está en el salón. La mitad a mi regreso, como habíamos acordado- La chica asintió sin más.

Ambas, contemplaron como el general montaba en el mismo coche que había transportado anteriormente a Rose y se marchaba del hogar, haciendo que reinara el silencio en aquel solitario jardín. La mujer se volvió para contemplar a Amelia, quien estaba cruzada de brazos en la puerta. -Le dije a mi padre que no necesitaba compañía-
-Bueno... Yo solo necesitaba trabajo- aseguró.
-¿Quieres desayunar?-

Rose no tuvo que contestar para que Amelia entendiese que estaba hambrienta. El estómago de la chica rugió y sus ojos centellaron al imaginar qué clase de desayuno podrían servir en aquel lugar. Por supuesto, sus imaginaciones no la traicionaron. Amelia la condujo hasta el comedor, donde, sobre la mesa, había dos tipos de zumo, pan recién hecho y mermelada casera. Rose no puedo evitar tomar asiento sin pedir permiso y empezar a engullir comida como si llevase una semana sin comer.
-Si quieres puedo pedir que te sirvan más...-
-¡¿En serio?!- Rose se excito más de la cuenta, de forma que tosió, tragó la comida que tenía en la boca y corrigió el tono de voz -Quiero decir... Vaya, cuanta comida- Aquel comentario debió hacerle gracia a Amelia, que sonrió y relajó los hombros que, hasta ese momento, había mantenido firmes y rectos.
-Pasa lo mismo con el almuerzo, la merienda y la cena-
-¿En serio tienes merienda?- Rose sintió ganas de llorar. ¡Iban a pagarle por comer al lado de una chica durante un mes! ¡Y nada más y nada menos que manjares!
-Claro... ¿Tú no comes nada entre el almuerzo y la cena?-
-No, y a decir verdad, a veces no tomo nada en la noche-
-Vaya... ¿Por qué?-
-Porque no tenemos demasiado dinero y disponemos de mucho trabajo. Mi padre y yo trabajamos en una taberna-
-Eso me dijo mi padre, pero no imaginé que el negocio fuese mal-
-Y no va mal, pero... Allí solo se sirve alcohol y muchos clientes ni si quiera pagan al salir- Amelia no supo que decir. Por momentos volvía a ponerse tensa y no sabía muy bien que más decir, y eso es algo que Rose captó -Bueno ¿Que te gusta hacer? Diariamente, quiero decir-
-Pues... Lo normal-
-¿Que es lo normal?-
-Me gusta leer, coser, dar un paseo por el jardín...- Rose se quedó un momento sin pestañear, observándola fijamente -¿Qué ocurre?-
-Sinceramente, no se leer ni coser. Se andar por el jardín al menos-
-¿No sabes leer? ¿Ni coser?-
-Verás... Mi madre fue una mujer que siempre estaba enferma, así que no tenía tiempo para enseñarme cosas como coser. Además, su familia siempre fue muy pobre, de manera que ella tampoco sabía leer. Mi padre, por su parte, no ha querido hacerse cargo de mi en cuanto a responsabilidades paternales se refiere. Todo lo que he aprendido, lo he aprendido yo sola. Como sumar, restar, multiplicar y dividir, por ejemplo. Leer... a penas se leer unas cuantas cosas, lo suficiente como para reconocerlas, como los nombres de muchas bebidas. Y coser... Bueno, una vez le cosí una herida a mi padre en el brazo y le dejó una cicatriz un poco fea, pero fue efectiva- Rose sintió que, conforme hablaba, iba desilusionando poco a poco a la chica. Sin embargo, Amelia empezó a sentir confusión.
-Oye si no quieres estar aquí... Ya le dije a mi padre que podía estar sola sin problemas-
-Tranquila, eres mejor compañía que mi padre, eso seguro.- Admitió, metiéndose un enorme trozo de pan en la boca.
-¿Estás segura?- Rose asintió. Amelia empezó a juguetear con los dedos sobre el regazo. Parecía nerviosa, pequeña e inocente. No comió nada y se limitó a mirar a Rose comer. Desde luego, parecía una chica la mar de inofensiva. -¿Y... te gustaría que te enseñase a leer?- Aquella pregunta cogió a la morena desprevenida, haciendo que dejase de comer para replantearse por un momento el ofrecimiento.
-Bueno... ¿Por qué no?-
-¡Estupendo! Si... Si quieres también puedo enseñarte a coser y...-
-Espera, espera. Voy a estar aquí unos días. No creo que me de tiempo a aprender todo-
-Está bien, está bien. ¿Quieres ver mi habitación?-

Cuando terminaron de desayunar, Amelia quiso acompañar a la chica hasta su dormitorio. Lo que Rose encontró allí fue todo un lujo para ella. La rubia tenía una habitación decorada en tonos amarillos suaves y completamente amueblada. Tenía una cama con una colcha preciosa, un armario con espejos en su interior y un tocador. También tenía una mesa sobre la que descansaban algunos libros y una pluma. Comparado con las cuatro paredes y un camastro que componían la habitación de Rose, aquello era la habitación de una reina. -¿Te quedarás a dormir?-
-Creo que sí-
-Entonces, déjame enseñarte tu habitación-

Cuando ambas salieron de la habitación, pasaron por un estrecho pasillo bien iluminado, sobretodo porque una de las ventanas que lo decoraban estaba rota y siento arreglada en ese preciso momento por un muchacho. Rose no lo reconoció, pero al pasar por su lado, el hombre la llamó y ésta se giro para mirarle.
-Eres tú...- afirmó entornando los ojos. En efecto, se trataba de Nathan, el chico que la anterior noche había hablado con ella en la puerta de La Indomable. -Pero ¿Qué haces aquí?-
-Reparo los daños-
-¿Reparas? No sabía que eras carpintero-
-Ayer tampoco sabías que era tu cliente- El chico sonrío, para nada ofendido, más bien complacido.
-Si no fuera porque el señor Horner paga bien, diría que me estás siguiendo- bromeó. Aquellas palabras hicieron que Nathan se pusiera algo nervioso, de manera que se le cayó el martillo al suelo, casi dándole en el pie.

-Enhorabuena, supongo- la voz de Nathan brotó áspera de su garganta, en bajo tono, casi como un suspiro. Cuando la chica se giró para mirarle, aún parecía brillarle la cara.
-¿Eh? ¿Perdona?-
-Enhorabuena, digo. Por... el trabajo- Nathan jugaba con una especie de piedrecita entre sus dedos. Estaba apoyado contra el marco de la puerta, desde la que se oía a través de la abertura las voces del interior.
-Gracias... supongo- la chica miró a todas direcciones, un poco extrañada. En ese momento no podía decir quién era ese muchacho
-No sabes quién soy- sonrió él con cierto aire de tristeza -Soy tú cliente- señaló hacia dentro de la taberna
-Comprenderás que no me quede con todos los rostros que vienen a tomar algo aquí- suspiró ella -La cosa es que ni siquiera recuerdo verte pedir algo que tomar ¿Estás seguro de que eres un cliente?-
-Muy seguro- la mirada del mucahacho la alcanzaba como algo extrasensorial. No era algo que ella sintiera, era algo que él transmitía. Parecía que había algo que quería decirle, o algún secreto que luchaba a voces por salir de la garganta de aquel joven que no conseguía salir de su boca
-Bueno, en cualquier caso, como día, gracias-
-Rose- la dura y grave voz de su padre brotó a través del umbral de la puerta mientras su enorme manaza la empujaba para encontrarse a ambos jóvenes hablando bajo el cielo nocturno -¿Interrumpo algo?- su pregunta fue mucho más seca de lo que él mismo pretendía que sonara
-Nada, señor. Yo ya me iba- Nathan se incorporó y se guardó la piedrecita en el bolsillo
-Eso suponía. Largo, Nathaniel- hizo un gesto con la mano indicándole el camino, con bastante mal humor. El joven procedió a marcharse sin siquiera decir adiós. Rose lo observó continuar su camino sin mayores reparos -¿Ya estás buscando marido?- la pregunta tomó completamente de imprevisto a Rose, que por supuesto, no la recibió de buena gana
-No quieras ahora fingir que te interesa mi vida- se cruzó de brazos la chica
-Me interesa mientras me afecte. Veo que has aceptado la idea de ir a trabajar para el General Horner demasiado rápido, sin consultarme- frunció el ceño
-¿Desde cuando opinas sobre algo que me competa, padre? Es un trabajo, además. En el que ganaré mucho más que trabajando aquí contigo-
-Te necesito en la taberna. No puedo ocuparme yo solo- gruñó
-Sí puedes. Distinto es que quieras hacerlo-
-Al menos, si vas a marcharte, deberíamos hablar de una compensación económica- Rose no pudo evitar reirse al oír aquello
-Ah, sí. Eso era lo que querías y no mi presencia. Qué valor-
-Eres mi hija, debes contribuir-
-¿Tu hija?- soltó un bufido que acabó en carcajada -Sí, claro...- la chica se cansó de la conversación y tomó pie a entrar de nuevo a la taberna para seguir trabajando. En ningún momento temió que Edward Miller, su padre, la fuese a detener... pero lo hizo, y sin tocarle un pelo
-Si te vas de aquí, niña, y no traes ni una sola moneda a mi mesa, puedes ahorrarte el volver. Tenlo presente a partir de mañana- Rose se quedó quieta escuchando, pero no le miró. No le dio ese gusto, pues sabía que en el fondo de ese hombre despectivo, esperaba que ella le mirara con ojos vidriosos, dolida e insultada. Si en algo no se equivocaba era en haberla insultado precisamente. Y no se le cumpliría ese deseo que él albergaba dentro. La noche no podía acabar lo bastante rápido.

En otro lugar, alejado de Punta Ithaca, dos jóvenes muchachas sollozaban mientras cargaban sendos jarrones de cerveza que posteriormente volcaron sobre una cantidad ingentes de vasos elegantemente tallados. Piratas, todos aquellos hombres que estaban en el burdel, se relamían los secos y agrietados labios con sólo ver sus sujerentes escotes temblar con cada llanto que se apoderaba de ellas. Deleitándose, además, con el brevaje que les servían. Apartado de ese número de energúmenos entre los que había caras nuevas para la tripulación, el capitán del Indra, Devak Rajni, se acostaba sobre un elegante sofá mientras tres chicas le peinaban los cabellos y una última le metía con dulzura una uva entre los labios -No está mal este lugar- sonrió complacido por el trato recibido. Él y sus piratas eran los únicos. El suelo estaba regado de cadáveres, tanto de hombres que frecuentaban el lugar como de mujeres que trataron de resistir los abusos de aquellos canallas -Dotty ¿No es acaso un buen lugar?- Dotty era como se denominó la madame de aquel burdel, que se encontraba desnuada contra una pared, encogida y abrazándose a sí misma. Apenas tendría una edad similar a la de la madre de Devak y la piel curtida y morena por el sol le hacia recordar ligeramente a ella. Fue por eso por lo que se sintió tan complacido al ver cómo sus hombres hicieron con ella lo que quisieron -Venga, mujer, no seas tan triste...- las chicas que le peinaban lloraban de puro terror -¿Y vosotras por qué lloráis? Ah, por todos los vientos, qué deprimente...-
-¿M-mi señor me diría... qué es lo que busca?- se atrevió a preguntar la chica, pelirroja y con cara de niña, que le daba uvas
-Uhm- masticó -¿Oís? Ninguna me ha dicho una sola palabra desde que llegamos al atardecer y por fin una tiene la iniciativa- le sonrió -Muy bien, preciosa ¿Cómo te llamas?- se incorporó en el sofá, obligando a las demás a dejar de peinarle su larga melena
-A-anne...-
-Anne... Bonito nombre Anne. Dime, tú que te has dedicado a conocer de forma muy, muy profunda a diversos marineros ¿Qué crees que quiere alguien como yo?- se mesó la barba, divertido
-Yo...-
-Ah, ah, ah- levantó un dedo para hacerla esperar -Espera, espera. Como llevo horas aburrido, déjame aclarar que si te equivocas, te abriré en canal y te colgaré boca abajo de la proa de mi barco- y con los ojos de un niño pequeño, esperó entonces su respuesta.

Anne lo estudió de forma pausada, analítica con cada parte de su ser. Por su prencia era un hombre arrogante y con actitud para liderar, narcisista por cómo ordenó que se cuidara de sus cabellos y se le diera de comer cómodamente, cruel por cómo dejó que sus marineros trataran a las prostitutas y extrañamente íntimo pues él bajo ningún concepto mostró deseo alguno de complacerse con alguna de ellas cuando decía estar enormemente aburrido... ¿Era eso? ¿Simplemente buscaba...? -¿Diversión?- preguntó de forma tímida, asustada, casi encogiéndose. Devak la miraba en silencio sepulcral mientras le tomaba la mano y se la arrastró hacia sus labios, para comerse la siguiente uva
-Muy bien, cariño. Diversión... ¿Y cómo se divierte un hombre como yo...?- su mirada se volvió fiera, predatoria. Los ojos de un salvaje e indómito león.
-Un hombre como vos...- ella miró a su alrededor. Los cadáveres brutalmente destrozados, el burdel convertido en completa propiedad -¿C-conquistando...?- Devak echó mano a una de las pistolas que llevaba dentro de su elegante y larga chaqueta oscura y apretó el gatillo. El estruendo de la explosión de la pólvora hizo gritar a las mujeres, incluida Anne, que casi tosió con el humo de la pólvora
-Fantástica, eres perspicaz. Es una lástima que no seas como ella...-
-¿Como... quién?- Devak negó con la cabeza
-Limitate a decirme algo interesante, hermosura- le puso en cañón de la pistola bajo la barbilla y le levantó el rostro -¿Cual es el lugar más cercano que un hombre como yo, que se divierte conquistando y se quiere divertir, puede acudir?- Anne sintió el nudo en su garganta dejarla sin respiración
-P-Punta Ithaca... ¡Pero es una colonia protegida! Quiero... quiero decir...- las otras chicas la miraban con desaprovación
-¿Protegida? ¿Qué quieres decir?- Anne se sintió fatal, pero el miedo la hizo hablar. Debería haberle dejado partir y encontrarse de bruces con la marina y que se pudriera en el fondo del mar, pero el temor de considerar que ese hombre que tenía en frente la tomara de mentirsa o de que intentase jugársela. El simple horror que le hacía sentir el imaginar lo que sería capaz de hacerle si sobrevivía y volvía al burdel algún día...
-Allí hay un puesto de la marina... Algunos miembros viven allí, algunos importantes. Podríais estar en peligro si...-
-Sublime...- Devak se inclinó hacia ella y le dio un suave beso en la frente -Sublime, preciosidad- le acarició sus rojizos cabellos como un dulce padre y se puso en pie -Caballeros... habéis oído a la dama ¿Quién quiere divertirse?-

Al salir el sol, en el puerto ya se podían oir los golpes del mazo sobre los tornillos, clavos y madera en la carpintería Goldy Gold. Nathan trabajaba desde primera hora arreglando todo tipo de objetos que le llevaban, desde sillas hasta mesas o patas rotas de algún camastro. En la mayoría de las ocasiones, sin embargo, les encargaban arreglar algún destrozo en algún navío. Afortunadamente, hacía ya varios días que no tenía que trabajar en algo tan grande y podía dejarse llevar por sus pensamientos a la hora de trabajar, mientras su padre, Arthur Gold, se dedicaba al placentero hedonismo de beber ron y vino sin control y a contemplar el mar como un alma en pena -¿Se puede?- una voz repentina sobresaltó a Nathan, que alzó la mirada a toda velocidad .
-Buenos días ¿Qué se le... ofrece?- se obligó al terminar la frase al ver que a quien tenía en frente no era ni más ni menos que William Horner, el general de la marina que la noche anterior había estado en la taberna para ofrecer un buen trato a Rose.
-¿Se encuentra por aquí el señor Gold?- sonrió con amabilidad
-Me temo que está indispuesto, mi buen señor- contestó Nathan con toda la educación que poseía -Soy su hijo ¿Puedo ayudaros en algo?-
-¿Su hijo? Ah, estupendo. Verás, debo partir en poco tiempo y quisiera hacer un encargo. Mi casa ha sufrido ciertos daños en el último monzón que pasó por aquí. Ya sabes-
-Sí, lo sé- sonrió Nathan -¿Quién no sufre desperfectos en estas malditas tormentas?-
-Exacto. Hay algunas paredes que necesitan un retoque en la parte exterior. Nada serio, con fortificarlas me basta. Y una de las ventanas de la planta superior estalló en pedazos literalmente- asintió con la cabeza pensativo
-Puedo ocuparme de ello si deseáis-
-Fantástico ¿Tu nombre era...?-
-Nathaniel. Nathaniel Gold-
-¿Sabes cual es mi casa, hijo?-
-Cómo no saberlo, señor Horner- el general le sonrió con amabilidad
-Muy bien. Ten- la bolsa dio un golpe seco contra la mesa. Nathaniel contuvo un suspiro de excitación. Nunca había oido ese golpe provocado por una cantidad de monedas
-Señor... esto es demasiado para el trabajo que me pedís. Es el equivalente a la reparación de una banda de navío- se sorprendió Nathan
-Comprendo- Horner se rascó la nuca -Pero corre mucha prisa. Consideradlo, tú y tu padre, como un pago por una urgencia terrible- le guiñó el ojo
-Por supuesto señor. Urgentemente-
-Muchas gracias hijo. Espero que no encuentres problemas. Mis sirvientes Christopher y Delilah podrán antenderte- con un elegante movimiento de cabeza el general se marchó, dejando a Nathaniel a solas con el dinero. El destino a veces podía ser caprichoso. Ni en sus mejores sueños esperaba que un trabajo le permitiera estar cerca de Rose incluso lejos de la taberna.

martes, 15 de mayo de 2018

Las viejas canciones de taberna resonaban en la cabeza de la chica como una nana con la que hubiese podido crecer. Estaba tan acostumbrada, tan experimentada en el trabajo al rededor de hombres borrachos, que determinadas melodías dejaban ya de resonar en sus oídos si no prestaba la suficiente atención.
Limpiaba la barra de madera oscura con ahínco. Las noches eran complicadas, puesto que eran las que mas suciedad generaban. No pasaba nada si se dejaba una mancha de ron sobre la superficie, claro. Ningún hombre deseoso de refrescar su boca con el ardor de una buena bebida se fijaría en una simple gota sobre la madera. Quizás era la determinación, el ímpetu o la implicación en su labor, lo que hacía que la chica no dejase de trabajar ni un instante.
-¿Un whisky por aquí?-
-¡Ron! La botella entera, preciosa-

Las demandas y peticiones iban y volvían sin parar. Rose se movía con agilidad al rededor de las mesas, desenvolviéndose con rapidez. Quizá por eso Edward Miller, su padre, había decidido dejarla trabajar con él. La miraba desde detrás de la barra, mientras limpiaba con un trapo húmedo un vaso opaco, sin decir nada.

Por lo general, Edward era un hombre muy callado. Era algo que mucho de sus clientes detestaban y habían olvidado desde que Rose trabajaba en La Indomable. Siempre andaba serio, cabizbajo e incluso gruñón. Era consciente de su mal carácter, pero tampoco deseaba remediarlo. Consideraba que no lo necesitaba: Tenía un trabajo que le permitía subsistir. Todo lo necesario en la vida de un hombre ya lo había tomado. Por tanto, la impasibidad era su mayor fuerte.

En mitad de la noche, un hombre bien vestido y limpio. entró en la taberna. Todos los clientes se giraron al oír el chirrido de la puerta hinchada abrirse, incluso en mitad del jolgorio. Cuando vieron a aquel hombre de aquella guisa, todos callaron. El propio nuevo cliente lo notó y por ello, profirió media sonrisa.
Edward, por su parte, no pudo quitarle ojo de encima. La Indomable solamente era visitada por hombres de pocos recursos, borrachos asiduos y viejos desamparados. Un hombre bien peinado y aseado nada tenía que hacer allí.
Cuando el hombre se acercó a la barra, tomó asiento en uno de los taburetes altos y raídos y pidió una copa de ron mientras echaba un vistazo general al lugar, donde todos seguían callados y mirándole con mayor o menor educación.
Edward sirvió lo que el hombre le pidió, acercándoselo para que tuviese que hacer el menor movimiento posible. Mientras el recién llegado bebía, Edward se planteaba posibilidades y ninguna le gustaba. Odiaba las peleas en su taberna, porque siempre acababa algo roto que tendría que pagar él mismo. -¿Todo bien?- se atrevió a preguntar.
-Totalmente. Es un buen ron- respondió el hombre.
-En mi taberna siempre hay buen ron-
-Por eso he venido. Llegó a mis oídos la calidad de sus productos. ¿De donde vienen?- Edward se sintió incómodo, de manera que dio un paso atrás y se mantuvo erguido. Rose, desde unos metros más alejada, pudo ver la reacción de su padre, de forma que se acercó para saber qué ocurría.
-Oiga, si ha venido en busca de algo en concreto, pídalo sin mas-
-¿Algo en concreto?- El hombre sonrió -¿Acaso no puedo disfrutar de un momento tranquilo después del trabajo? ¿A qué cree usted que he venido?-
-Por sus pintas, diría que...-
-¡Padre!- Rose se acercó a pasos agigantados, interrumpiéndolos a ambos. Realmente, aquella era la verdadera intención de la chica. Tenía por costumbre intentar ralentizar los problemas para poder entrar a ellos y mediar. Aunque claro, no siempre servía esa estrategia. -¿Puedo ayudarle en algo, caballero?- Preguntó con una sonrisa.
Tanto Edward como aquel hombre suspiraron, ambos a la vez. Liberaron, de alguna manera, la pequeña tensión que se había creado entre ambos.
-Tranquila, tengo lo que quiero-
-Si desea más ron, solemos ofrecer toda la botella a los clientes para que se sirvan lo que deseen-
-Una propuesta muy tentadora, pero es suficiente. No quisiera perder la razón y provocar un mal entendido...- Explicó, lanzando una mirada intencionada al tabernero. -Ha sido un duro día de trabajo, pero eso ni impide que mañana deba presentarme al mismo tan fresco como hoy- Al decir aquello, a Rose le brillaron los ojos: Aquella era su oportunidad. La chica se adelantó hasta quedar frente al hombre, haciendo que su padre se echase a un lado.
-¿Trabajo duro, eh? Aquí vienen muchos hombres como usted-
-¿Soldados de Nueva Columbia?- Ahí lo tenía.
-No, no. Me refiero a... Hombres con trabajos tan duros como el de usted- sonrió y el soldado asintió.  -Claro que usted es el primero soldado que pasa por aquí-
-No me extraña. El trabajo es tan agotador que algunos no tienen fuerzas ni para tomar un trago antes de ir a casa- El hombre dio un nuevo trago a su vaso y miró a la chica. -Puedes decirle a los demás que no estoy en una misión de redada de ladrones o algo así. Ni si quiera me dedico a ello- Rose alzó la vista por encima del hombro del soldado y pudo contemplar como todos los clientes aún miraban de reojo al hombre, inseguros. La chica hizo un gesto para que se relajaran, pues no había peligro. En segundos, la música y el jolgorio volvieron.
-Tendrá que perdonarles. Son unos clientes muy fieles-
-Ya veo...- Sonrió.

Tras unos minutos en los que Edward se encargó de atender a las mesas y su hija de atender en la barra, el hombre le dedicó una mirada de arriba a abajo a la chica, con cierta tristeza. -¿Que edad tienes? Si me permites la pregunta- Rose le miró con una ceja alzada
-Menos que usted- El hombre captó la indirecta en las palabras de la mujer, lo que hizo que se pusiese algo nervioso.
-No... No quería... Lo decía porque creo que tienes la misma edad de mi hija. Ella no trabaja. No lo necesita, claro. Yo me encargo de que no lo necesite-
-Que afortunada-
-Sí... el caso es que... ella esta algo enferma. Siempre ha sido una chica débil. Y verte a ti, ágil y rápida... Creo que ella te envidiaría- Rose dejó lo que estaba haciendo para acercarse al hombre nuevamente.
-Es posible, pero no envidiaría lo que hago aquí. Nadie lo haría- comentó, echando una vista rápida al resto del lugar. Había algunos hombres tirados por el suelo, borrachos como cubas. Otros jugaban a las cartas para terminar peleándose. Y otros, simplemente, hacían demasiado ruido.
-Tus ojos... se ven muy apagados en este momento. Odias esto ¿No es así?- Rose se sintió realmente incomoda al saber que el hombre se fijaba en ella con tanto detalle.
-Y los suyos brillan demasiado. Dijo que sólo solo una copa- Advirtió la chica. El hombre sostenía en una mano el vaso y en otra, la botella que anteriormente se había negado a tomar. No pudo evitar sonreír. Le había pillado.
-Mañana me envían muy lejos de aquí. Regreso a Nueva Columbia por unas gestiones que me tomarán más de un mes. Para mis compañeros es algo bueno, para mi es... un despropósito como padre. Me voy y dejo a mi hija enferma en esta isla llena de...- tuvo que callar al comprender que no estaba en el lugar más idóneo para hablar de lo que pensaba sobre los habitantes de Punta Ithaca.
-Todos soportamos momentos duros en nuestras vidas- comentó la chica, recordando acontecimientos que aún resonaban recientes y dolorosos en su interior.
-Lo sé y lo afronto. Pero Amelia no. Ella no merece quedarse sola, no en su estado. Ella es...- Al hombre le temblaron las manos y sus ojos se tornaron húmedos en un instante. Rose sintió compasión al verle tan afectado. Sin lugar a dudas, se sentía lo suficientemente perdido y abrumado por su marcha como para beber en un lugar de mala muerte como aquel.
-Oiga... A veces los padres piensan que sus hijas no son válidas para valerse solas en el mundo. Mi padre lo hacía- Explicó, apoyándose en la barra justo frente a él -Tuve que demostrarle que estaba equivocado hace unos años y por eso estoy aquí, trabajando- El hombre levantó la vista rápidamente.
-¡Eso es!- El hombre alzó las manos y tomó las de Rose con cierta fuerza. A Edward no se le escapó ese detalle y caminó deprisa hasta la situación de ambos. -Tú... Tú podrías...-
-¿El qué podría?- Preguntó nerviosa
-¿Que ocurre?- Preguntó Edward al llegar
-Tú podrías quedarte con mi hija durante toda mi ausencia. Podrías hacerle compañía-
-¿Qué?- Edward no entendía nada
-Disculpe, pero como ve estoy más que ocupada aquí. No tengo tiempo para cuidar de niñas-
-No, no te gusta estar aquí.-
-No he dicho lo contrario, pero este es mi trabajo. Lo siento, señor. Me temo que ha bebido ya bastante...-
-Te pagaré el triple de lo que aquí ganas a diario.- Aquello captó la atención tanto de Rose como de su padre -Y comerás en mi casa, te asearás en mi casa e incluso si quieres dormirás en una de las habitaciones de invitados de las que disponemos- ¿Qué clase de hogar tenía habitación de invitados? Rose sintió una punzada interior. La sugerencia era demasiado llamativa. -Te pagaré la mitad mañana mismo antes de partir si lo deseas. ¿Cuanto ganas aquí?-
-Cinco denas diarias- mintió. Realmente ganaba dos.
-Pues tendrás quince diarias. ¿Qué me dices? Por favor... Amelia es encantadora y adora cualquier compañía. No tiene amigas y se que era muy apreciada por las que tenía en Nueva Columbia antes de mudarnos. Por favor, te lo suplico. Solo es compañía... quince denas diarias por hacerla sentir acompañada... Por favor...- Rose miró a su padre y éste, puso los ojos en blanco.
-Quince denas diarias. La mitad del pago mañana y la otra a su regreso. Estaré con ella todo el día, solo con ella. El trato no implica hacer de niñera a más personas-
-En casa solo hay dos sirvientes. No tienes de qué preocuparte... Ay, cielos. ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!- El rostro del hombre se iluminó por completo y no era gracias al alcohol. De repente, no sintió necesidad de estar allí sentado, bebiendo y asemejándose a un vagabundo, de manera que se puso en pie y se reajustó la chaqueta azul que vestía.
-William Horner, Capitán de la marina de Nueva Columbia- le tendió la mano a la chica. Sin embargo, ella no pudo estrecharle la mano tan rápidamente. ¡¿General?! Pensó que debería haber aumentado más aún su tarifa.
-Rose... Rose Miller- se presentó.
-Mañana a primera hora vendrá un coche a buscarte. No necesitas llevarte nada. Allí dispondrás de todo cuanto necesites. Un placer, Rose- Volvió a estrecharle la mano, para luego despedirse y marcharse de la taberna.

Rose no sabía qué hacer ni qué pensar. Todo había ocurrido sin poder adelantarse. Ni si quiera sabía si podía confiar del todo en aquel hombre, por muy bien que vistiese y por muy cara que pareciese su chaqueta azul. En cualquier caso, al día siguiente iba a disponer de mucho dinero y al finalizar aquel mes, más aun... Rose sonrió enormemente. ¡Por fin empezaban las cosas a cambiar! Se tomó un minuto para salir fuera de La Indomable y respirar aire puro y fresco de aquella noche, clara y llena de estrellas. Su sueño... cada vez estaba más cerca.

"Negra es la bandera, como la noche sin luna, como las manos de quien trabaja, como el futuro que aguarda a quienes no luchan. Negra es la bandera, porque así, eres libre de escoger tu color"

Mar de las Indias Orientales, cerca de la bahía de Sapur a altas horas de la noche.

Una noche bañada por las estrellas era prometedora, aunque la tormenta que se acercaba en el horizonte, sólo visible por los lejanos relámpagos que decoraban la bóveda celestial, amenazara con estropearla.

Aquella noche, sin duda, era digna de elogio y celebración. El maravilloso navío de la reina Patme se acunaba sobre las aguas aún tranquilas, lejos del temporal. Los farolillos y candiles que lo decoraban con las luces anaranjadas de las llamas, como hijas del sol, dejaban ver por completo la cubierta del gran barco, bañado por pétalos de margaritas, rosas y jazmines regados con el polverío de un holi recién lanzado. Colores y más colores, eso era cuanto se apreciaba en cubierta, justo antes de que las doncellas dieran paso a utilizar la cubierta como un gran escenario.

Las muchachas, jóvenes y hermosas todas ellas, decoraban sus manos con tinta de henna y lucían unos despampanantes vestidos llenos de vuelo y brillantes que se agitaban juguetones cuando comenzaron a bailar, al son de timbales, sitares y flautas. Danzaban, saltaban, gesticulaban como diosas plasmadas en un cuadro. La reina Patme se sentaba bajo el castillo de popa sobre un gran sillón sólo para ella, acompañada por su escolta personal y su guardaespaldas predilecto a su derecha, un hombre en su mismo medio siglo de vida. Todo era maravilloso para ella. Todo cuanto estaba viendo, todo cuanto estaba viviendo. Al igual que había sido el resto de su vida -¿Estáis disfrutando del regalo de cumpleaños, majestad?- preguntó su guardaespaldas
-Ay, Shahid... ¿Cómo no podría disfrutarlo?- con solemnidad pero con cierto descaro para ser la reina, se permitió tomar la mano del hombre que la acompañaba por unos segundos. El guardián sonrió lleno de admiración y dulzura, acariciándo la cada vez más envejecida mano de su reina con todo el amor que le cabía en su interior.

Una fresca ráfaga de viento anunciaba el movimiento de la tormenta, pero aún debía tardar en llegar, o eso pensaban los tripulantes del navío. Las damas bailaban, las llamas de las velas, farolillos y candiles parecían querer alcanzarlas con su balanceo infinito. El barco se mecía incesante con suaves vaivenes que acunaban el alma de la reina viuda, a la que su hijo mayor ya había precedido pero la mantenía, cual diosa, por encima de su propio estatus de rey. La tormenta, el temporal, se acercó mucho más rápido de lo que imaginaban, sin embargo.

Un movimiento más fuerte de lo normal del barco y un crujido bastante sonoro aún por encima de la música hizo que todo el mundo se mirara. Las doncellas dejaron de bailar y los músicos de tocar. Sólo el viento rompía el silencio en aquella cubierta, que de pronto, parecía crujir como si estuviese a punto de venirse abajo -¿Qué ha sido eso?- preguntó Shahid, alzando la mano con aspavientos -¿Hay algo en el mar?- alzó la voz, llamando a los vigías
-¡Nada a la vista señor! ¡Demasiada luz, no vemos más allá de nuestras narices!- anunció uno de ellos, encaramado a las redes de estribor
-Supuse que no sería un problema- rió Patme, restando importancia
-Seguramente no ha sido nada, alteza, podemos disfrutar lo que queda de la noche- sonrió el guardián
-Ya lo creo, mi querido Shahid. Disfrutaremos y gozaremos. Como siempre-

Entonces se elevó el primer grito de la garganta de una de las doncellas. Una mano fuerte y áspera, sucia de pólvora y alquitrán, la aferró del cuello desde la espalda y la apegó contra un cuerpo duro y maloliente. Sintió en su trasero una molesta ansiedad, una dureza que se aferraba con ahínco -Hola, preciosa- dijo la fétida voz, que anunciaba la presencia de extraños en el barco
-¡A las armas!- gritó Shahid, desenvainando su cimitarra mientras el resto de doncellas corrían a viva voz -¡Proteged a la reina Patme!- a la voz del guardaespaldas le siguieron los disparos de los trabucos y fusiles, pero disparar a la oscuridad era imposible y el enemigo parecía ser numeroso

La batalla duró poco, si es que se le podía llamar batalla. La tripulación estaba preparada siempre para proteger a la reina madre, pero no para una emboscada a altas horas de la noche, en esas escapadas especiales que la reina solía llevar a cabo de vez en cuando. Los soldados que no perdieron la vida al instante bajo las espadas de los asaltantes se encontraron besando la madera de cubierta, chorreantes de sangre mezclado con holi y pétalos perfumados, impotentes y desarmados. Fue en ese momento cuando Patme se fijó en aquella figura llamativa que durante años, le había acarreado mil y una pesadillas -Debí presuponer que algún día, en algún momento de mi vida, regresarías para recordarme los mil y un errores que cometí dejándote vivir, Devak- el hombre al que habló, el capitán de aquellos rufianes, caminaba con una mueca aburrida plasmada en su rostro. Caminaba como si estuviese en su casa, como si el barco le fuera bastante familiar. De hecho, lo era. Lo conocía. Había entrado en él docenas de veces a robar. Estudió a las mujeres que sus hombres apresaron, dio palmadas en los brazos y en las mejillas a los soldados aprehendidos y finalmente, la reina madre estaba a escasos metros de él
-Hola, mamá- ante aquellas palabras, Shahid dio un paso al frente y alzó su cimitarra hacia el cuello de Devak
-Eres un descarado, maldito hijo de mil ratas ¿Cómo tienes la osadía de llamar a Patme Rajni de Sapur tu madre?-
-Porque lo es- sonrió Devak, con sus cabellos oscuros y largos despeinados y enredados engalanándole los hombros y sus vestimentas algo opulentas para ser un pirata. Su barba también era larga. A Patme le desagradaba enormemente aquella visión de un hombre que parecía ser un vagabundo con un traje robado a la familia real -¿Tanto has querido olvidarte de mí, papá?- Shahid intentó mantener la compostura, pero la mano le tembló, nervioso. Sintió las miradas de los presentes puestas en él y en su reina, a la que nunca debió poner una mano encima
-¿Has venido a restregarnos tu existencia por algún motivo, Devak?- alzó la nariz la reina con confianza y majestuosidad
-Eres muy arrogante, reina madre, incluso cuando tienes una espada al cuello- Devak se inclinó ligeramente hacia delante
-No hay acero sobre mi piel, ni la habrá, niño insolente- la reina se puso en pie. Las moneditas de oro y plata que decoraban su largo vestido y su velo tintinearon de forma mágica e hipnótica. Lo miraba con ojos de leona, ojos que él había heredado. Ojos que eran difíciles de superar en cuanto a frialdad y dureza, capaz de hacer que cualquiera agachara la cabeza -Te ordeno que te marches inmediatamente de mi barco o todo el peso de la corona de Sapur caerá sobre ti y tus desgraciados seguidores-
-Supongo que quieres hacerme creer que si me marcho, no caerá sobre mí ¿No es así? Dejarte a ti y a los demás de testigos. Que digais quién soy, quién os ha atacado...- enumeró -Aunque a decir verdad, sería divertido que tuvieseis que confirmar que un simple error del pasado, el desenlace de un romance prohibido entre la reina y su fiel guardaespaldas, os ha cogido desprevenidos ¿No papá?- dijo mirando a Shahid
-¡Tú, demonio, no vuelvas a llamarme de esa manera!- llevado por la rabia y el asco, por los recuerdos dolorosos, Shahid lanzó un rápido mandoble contra Devak. Con aire divertido, el pirata dio un paso lateral y desenvainó su propia cimitarra, algo oxidada
-Casi, papá. Esfuérzate más- se mofó con una sonrisa malvada
-¡Shahid, detente donde estás!- ordenó la reina con voz firme
-¡Por la reina eterna!- gritó el encolerizado guardaespaldas antes de lanzarse a una nueva acometida con una fuerte estocada de frente que, de haber alcanzado a Devak, le habría atravesado hasta la espalda. Sin embargo, el hombre de aspecto salvaje y bárbaro supo hacer una finta lateral, golpear la espada del guardián de la reina para desequilibrarlo y, finalmente en el mismo momento, sajarle el costado y regar el suelo con su sangre. Shahid, el gran guerrero de la corte, protector de la reina, había decidido no llevar armadura esa noche, pues sabía que acabaría entre las sábanas de seda de la reina y ambos disfrutaban de la comodidad del silencio y la premura a la hora de intimar.

Los ojos de Patme se llenaron de lágrimas pero no se movió ni un instante, manteniendo la compostura firme y cuasi divina que la caracterizaba, mientras el hombre que amaba desde casi su niñez caía arrodillado entre ella y su hijo bastardo. El pobre hombre se llevó una mano al costado y luego ante sus ojos para ver la caliente sangre espesa anunciando la muerte segura -Eres un monstruo- terció Patme entre dientes, casi atragantada con su saliva y su odio
-Me has dicho eso tantas veces que se ha convertido en una especie de...- meneó la cabeza pensativo -...gesto cariñoso- sonrió perverso nuevamente
-Te has decidido tras tantos años a reclamar tu trono, maldito seas- negó ella con la cabeza -Muy bien, pues. Adelante, acaba conmigo y este barco y declara tu guerra a tu hermano. Acabará con los tuyos en un abrir y cerrar de ojos y honrará nuestra memoria- se encolerizaba por momentos
-La corona...- bufó Devak dando un paso atrás, decepcionado. Bajó la cabeza un instante en silencio y lentamente la levantó, con los ojos irritados, tan empañados en lágrimas como los de su madre -Siempre has creido que quería vuestra estúpida corona, este... estúpido reino de hipócritas y cobardes. Yo ya tenía lo que quería, reina madre ¡Si estoy aquí es porque te creiste digna de arrebatármelo!- la señaló con la espada llena de sangre. Entonces, Patme compuso un gesto de asco que arrugó su rostro.
-Has venido aquí por ella ¿Has venido aquí por la memoria de aquella ramera que encontraste? Oh, pobre diablo... Pobre, pobre diablo... ¿Acaso creías que lo vuestro era duradero? De ser así debiste quedarte y morir con ella. Pero huiste. Te lanzaste a saben los dioses dónde y ahora vuelves para reprocharme el mal que tú mismo causaste. Tu destino siempre ha sido morir, bastardo. Tu existencia ha sido una deshonra desde  el momento mismo en que te engendraste en mi interior- Devak mantuvo su aspecto jovial ante aquellas palabras
-No vas a culparme a mí otra vez por tus acciones. Aún con tu rey muerto sigues viniendo al arruyo de la oscuridad para follarte a tu guardaespaldas, sin importarte cuantas veces puedas engendrar bastardos como yo- Patme no soportó aquellas palabras y le escupió directamente a las botas -Me has culpado de cada uno de tus errores. De todos ellos. Me has achacado tus miedos, me convertiste en tu miedo. Lo hiciste tú misma- el pirata sintió que le temblaba la barbilla, pero se recompuso -Y yo sólo quería a alguien a mi lado, como cualquier niño- se abrió de brazos -¡Pero me tiraste a la calle!- rió, para contener el pesar de su garganta -Y desde entonces has buscado matarme con cualquier excusa, porque crees que te quitaría el trono, o al rey, o a tus hijos, a los de verdad, a los hijos del rey Salman...- suspiró - Me diste la vida para ocultar el error del embarazo ¿eh? Me quitaste el derecho a vivir junto a una familia. Me obligaste a malvivir y a buscarme un hogar y cuando lo encuentro te crees con el derecho de arrebatármelo en vez de dejarme en paz...- apretó la empuñadura de la espada -¡¿Quién demonios te crees que eres, Patme Rajni!?- le rugió tan a la cara que los cabellos de la reina casi se mecieron, pero fue más por la tormenta que ya les aclanzaba que por la ira de Devak
-Debí arrancarte de mi vientre como arranqué tu semilla de la barriga de aquella fulana...- negó con la cabeza sin dejar de mirarle, avergonzada
-Debiste hacerlo- una lágrima, por fin, comenzó a rodar por el moreno rostro de Devak, cargada de odio y miseria -Todo hubiese sido más fácil- se recompuso lentamente -Pero es demasiado tarde para todo. Para matarme, para pedir perdón y clemencia. Una vez más me toca tomar la iniciativa y construirme mi propia vida, mi reino. Pero esta vez sí tomaré lo que me pertenece, a su vez, lejos de ti-
-No podrás labrar un reino en esta tierra que opaque el trono de mi linaje, usurpador-
-Oh, madre...- los labios de Devak se curvaron en una tierna sonrisa, susurrante -Mi reino no está en tierra. Tú me acompañarás en su creación-
-Antes prefiero la muerte- le desafió
-En ningún momento he dicho que vendrías viva- la espada se clavó de forma feroz en el cuello de la reina hasta derribarla. Las damas y los soldados apresados gritaron de rabia e impotencia, así como de terror.

Una y otra vez, la espada serrada y oxidada de Devak caía sobre la carne de su madre hasta que por fin la cabeza se descolgó del resto del cuerpo. La tomó de los cabellos y la metió en un viejo cubo cercano, que luego envolvió con el pañuelo que ella llevaba en la cabeza. Con la sangre filtrándose a pequeñas gotas condensadas a través de la madera del cubo, caminó hasta el centro de cubierta -Este barco ahora me pertenece. Llevad el cuerpo de la reina al Ashura y también a los soldados. Quedaos a las mujeres si queréis ¡Este es nuestro nuevo hogar!- gritó y dio una fuerte patada al suelo de dura madera -¡Este es nuestro nuevo reino! ¡Indra!- alzó el cubo sangrante y sus hombres le vitorearon con fervor.

Momentos más tarde, el Ashura, el barco en el que Devak Rajni y sus hombres llegaron al Indra de la reina Patme, ardía en llamas. Lo cubrieron con alquitrán para hacerlo más invisible en la noche para el abordaje. Una negra sombra que no vieron venir. Ellos zarparon en el gran navío, con el capitán en la popa, manos cruzadas tras la espalda, en su primera victoria. El cuerpo de la reina ardía atada a la vela mayor como un símbolo de sacrificio mientras los hombres agonizaban entre las llamas. La tormenta ya comenzaba a arreciar. Pronto apagaría las llamas y el reino encontraría a su difunta reina madre casi carbonizada en los fuegos de un infierno que ella misma creó en el alma de Devak.

...

-¿De verdad quieres que me crea esa historia?- bufó el muchacho con una cerveza en la mano, sin dejar de mirar de soslayo a la chica que atendía la barra, seguramente oyendo el mismo cuento que él. Johny el Bocas no hablaba precisamente bajo. Jamás
-¿Y por qué no? Es de las mejores que he oido últimamente-
-¿Y quién te la contó?- suspiró Nathan, sin mirar a Johny
-Ah, una puta que me agencié hará... ¿Medio año? ¿Dónde fue...?- intentó hacer memoria 
-Tampoco hace falta tanto detalle por un cuento, John-
-Para ser un cuento me lo contó con mucho sentimiento. Oh, sí. Recuerdo sus lágrimas a borbotones. Ahora que lo pienso, aquella puta era india y...-
-Si vas a decirme que podría ser una de las doncellas que esos piratas se llevaron, creeme... lo dudo mucho. No, qué leches. Directamente no me lo creo-
-Pues deberías, hijo. Tu padre siempre ha sido bueno oyendo toda clase de historia de esta índole y ha prestado precauciones. Tú deberías también. Imagina si ese tal Devak Rajni existe de verdad y algún día viniese aquí, a Punta Ithaca... sería horrible- se estremeció
-Nada se le ha perdido aquí a un pirata...-
-Hay bellas mujeres. La hija del comandante Steel sin ir más lejos, es toda una monada, por lo que cuentan. Incluso esa muchacha, la hija del tabernero. Es toda una belleza. En manos de gente así, acabaría muerta o como aquella puta-
-...No- terció definitivamente Nathan -No pasará. Es imposible que algo así ocurra- se terminó la cerveza de un trago
-No llames a los vientos negros hijo. Nunca los desafíes o traerán hasta aquí sus velas...- Johny se puso en pie, tambaleándose, borracho como una cuba, dispuesto a marcharse de la taberna tras varias horas de visita.