"Negra es la bandera, como la noche sin luna, como las manos de quien trabaja, como el futuro que aguarda a quienes no luchan. Negra es la bandera, porque así, eres libre de escoger tu color"
Mar de las Indias Orientales, cerca de la bahía de Sapur a altas horas de la noche.
Una noche bañada por las estrellas era prometedora, aunque la tormenta que se acercaba en el horizonte, sólo visible por los lejanos relámpagos que decoraban la bóveda celestial, amenazara con estropearla.
Aquella noche, sin duda, era digna de elogio y celebración. El maravilloso navío de la reina Patme se acunaba sobre las aguas aún tranquilas, lejos del temporal. Los farolillos y candiles que lo decoraban con las luces anaranjadas de las llamas, como hijas del sol, dejaban ver por completo la cubierta del gran barco, bañado por pétalos de margaritas, rosas y jazmines regados con el polverío de un holi recién lanzado. Colores y más colores, eso era cuanto se apreciaba en cubierta, justo antes de que las doncellas dieran paso a utilizar la cubierta como un gran escenario.
Las muchachas, jóvenes y hermosas todas ellas, decoraban sus manos con tinta de henna y lucían unos despampanantes vestidos llenos de vuelo y brillantes que se agitaban juguetones cuando comenzaron a bailar, al son de timbales, sitares y flautas. Danzaban, saltaban, gesticulaban como diosas plasmadas en un cuadro. La reina Patme se sentaba bajo el castillo de popa sobre un gran sillón sólo para ella, acompañada por su escolta personal y su guardaespaldas predilecto a su derecha, un hombre en su mismo medio siglo de vida. Todo era maravilloso para ella. Todo cuanto estaba viendo, todo cuanto estaba viviendo. Al igual que había sido el resto de su vida -¿Estáis disfrutando del regalo de cumpleaños, majestad?- preguntó su guardaespaldas
-Ay, Shahid... ¿Cómo no podría disfrutarlo?- con solemnidad pero con cierto descaro para ser la reina, se permitió tomar la mano del hombre que la acompañaba por unos segundos. El guardián sonrió lleno de admiración y dulzura, acariciándo la cada vez más envejecida mano de su reina con todo el amor que le cabía en su interior.
Una fresca ráfaga de viento anunciaba el movimiento de la tormenta, pero aún debía tardar en llegar, o eso pensaban los tripulantes del navío. Las damas bailaban, las llamas de las velas, farolillos y candiles parecían querer alcanzarlas con su balanceo infinito. El barco se mecía incesante con suaves vaivenes que acunaban el alma de la reina viuda, a la que su hijo mayor ya había precedido pero la mantenía, cual diosa, por encima de su propio estatus de rey. La tormenta, el temporal, se acercó mucho más rápido de lo que imaginaban, sin embargo.
Un movimiento más fuerte de lo normal del barco y un crujido bastante sonoro aún por encima de la música hizo que todo el mundo se mirara. Las doncellas dejaron de bailar y los músicos de tocar. Sólo el viento rompía el silencio en aquella cubierta, que de pronto, parecía crujir como si estuviese a punto de venirse abajo -¿Qué ha sido eso?- preguntó Shahid, alzando la mano con aspavientos -¿Hay algo en el mar?- alzó la voz, llamando a los vigías
-¡Nada a la vista señor! ¡Demasiada luz, no vemos más allá de nuestras narices!- anunció uno de ellos, encaramado a las redes de estribor
-Supuse que no sería un problema- rió Patme, restando importancia
-Seguramente no ha sido nada, alteza, podemos disfrutar lo que queda de la noche- sonrió el guardián
-Ya lo creo, mi querido Shahid. Disfrutaremos y gozaremos. Como siempre-
Entonces se elevó el primer grito de la garganta de una de las doncellas. Una mano fuerte y áspera, sucia de pólvora y alquitrán, la aferró del cuello desde la espalda y la apegó contra un cuerpo duro y maloliente. Sintió en su trasero una molesta ansiedad, una dureza que se aferraba con ahínco -Hola, preciosa- dijo la fétida voz, que anunciaba la presencia de extraños en el barco
-¡A las armas!- gritó Shahid, desenvainando su cimitarra mientras el resto de doncellas corrían a viva voz -¡Proteged a la reina Patme!- a la voz del guardaespaldas le siguieron los disparos de los trabucos y fusiles, pero disparar a la oscuridad era imposible y el enemigo parecía ser numeroso
La batalla duró poco, si es que se le podía llamar batalla. La tripulación estaba preparada siempre para proteger a la reina madre, pero no para una emboscada a altas horas de la noche, en esas escapadas especiales que la reina solía llevar a cabo de vez en cuando. Los soldados que no perdieron la vida al instante bajo las espadas de los asaltantes se encontraron besando la madera de cubierta, chorreantes de sangre mezclado con holi y pétalos perfumados, impotentes y desarmados. Fue en ese momento cuando Patme se fijó en aquella figura llamativa que durante años, le había acarreado mil y una pesadillas -Debí presuponer que algún día, en algún momento de mi vida, regresarías para recordarme los mil y un errores que cometí dejándote vivir, Devak- el hombre al que habló, el capitán de aquellos rufianes, caminaba con una mueca aburrida plasmada en su rostro. Caminaba como si estuviese en su casa, como si el barco le fuera bastante familiar. De hecho, lo era. Lo conocía. Había entrado en él docenas de veces a robar. Estudió a las mujeres que sus hombres apresaron, dio palmadas en los brazos y en las mejillas a los soldados aprehendidos y finalmente, la reina madre estaba a escasos metros de él
-Hola, mamá- ante aquellas palabras, Shahid dio un paso al frente y alzó su cimitarra hacia el cuello de Devak
-Eres un descarado, maldito hijo de mil ratas ¿Cómo tienes la osadía de llamar a Patme Rajni de Sapur tu madre?-
-Porque lo es- sonrió Devak, con sus cabellos oscuros y largos despeinados y enredados engalanándole los hombros y sus vestimentas algo opulentas para ser un pirata. Su barba también era larga. A Patme le desagradaba enormemente aquella visión de un hombre que parecía ser un vagabundo con un traje robado a la familia real -¿Tanto has querido olvidarte de mí, papá?- Shahid intentó mantener la compostura, pero la mano le tembló, nervioso. Sintió las miradas de los presentes puestas en él y en su reina, a la que nunca debió poner una mano encima
-¿Has venido a restregarnos tu existencia por algún motivo, Devak?- alzó la nariz la reina con confianza y majestuosidad
-Eres muy arrogante, reina madre, incluso cuando tienes una espada al cuello- Devak se inclinó ligeramente hacia delante
-No hay acero sobre mi piel, ni la habrá, niño insolente- la reina se puso en pie. Las moneditas de oro y plata que decoraban su largo vestido y su velo tintinearon de forma mágica e hipnótica. Lo miraba con ojos de leona, ojos que él había heredado. Ojos que eran difíciles de superar en cuanto a frialdad y dureza, capaz de hacer que cualquiera agachara la cabeza -Te ordeno que te marches inmediatamente de mi barco o todo el peso de la corona de Sapur caerá sobre ti y tus desgraciados seguidores-
-Supongo que quieres hacerme creer que si me marcho, no caerá sobre mí ¿No es así? Dejarte a ti y a los demás de testigos. Que digais quién soy, quién os ha atacado...- enumeró -Aunque a decir verdad, sería divertido que tuvieseis que confirmar que un simple error del pasado, el desenlace de un romance prohibido entre la reina y su fiel guardaespaldas, os ha cogido desprevenidos ¿No papá?- dijo mirando a Shahid
-¡Tú, demonio, no vuelvas a llamarme de esa manera!- llevado por la rabia y el asco, por los recuerdos dolorosos, Shahid lanzó un rápido mandoble contra Devak. Con aire divertido, el pirata dio un paso lateral y desenvainó su propia cimitarra, algo oxidada
-Casi, papá. Esfuérzate más- se mofó con una sonrisa malvada
-¡Shahid, detente donde estás!- ordenó la reina con voz firme
-¡Por la reina eterna!- gritó el encolerizado guardaespaldas antes de lanzarse a una nueva acometida con una fuerte estocada de frente que, de haber alcanzado a Devak, le habría atravesado hasta la espalda. Sin embargo, el hombre de aspecto salvaje y bárbaro supo hacer una finta lateral, golpear la espada del guardián de la reina para desequilibrarlo y, finalmente en el mismo momento, sajarle el costado y regar el suelo con su sangre. Shahid, el gran guerrero de la corte, protector de la reina, había decidido no llevar armadura esa noche, pues sabía que acabaría entre las sábanas de seda de la reina y ambos disfrutaban de la comodidad del silencio y la premura a la hora de intimar.
Los ojos de Patme se llenaron de lágrimas pero no se movió ni un instante, manteniendo la compostura firme y cuasi divina que la caracterizaba, mientras el hombre que amaba desde casi su niñez caía arrodillado entre ella y su hijo bastardo. El pobre hombre se llevó una mano al costado y luego ante sus ojos para ver la caliente sangre espesa anunciando la muerte segura -Eres un monstruo- terció Patme entre dientes, casi atragantada con su saliva y su odio
-Me has dicho eso tantas veces que se ha convertido en una especie de...- meneó la cabeza pensativo -...gesto cariñoso- sonrió perverso nuevamente
-Te has decidido tras tantos años a reclamar tu trono, maldito seas- negó ella con la cabeza -Muy bien, pues. Adelante, acaba conmigo y este barco y declara tu guerra a tu hermano. Acabará con los tuyos en un abrir y cerrar de ojos y honrará nuestra memoria- se encolerizaba por momentos
-La corona...- bufó Devak dando un paso atrás, decepcionado. Bajó la cabeza un instante en silencio y lentamente la levantó, con los ojos irritados, tan empañados en lágrimas como los de su madre -Siempre has creido que quería vuestra estúpida corona, este... estúpido reino de hipócritas y cobardes. Yo ya tenía lo que quería, reina madre ¡Si estoy aquí es porque te creiste digna de arrebatármelo!- la señaló con la espada llena de sangre. Entonces, Patme compuso un gesto de asco que arrugó su rostro.
-Has venido aquí por ella ¿Has venido aquí por la memoria de aquella ramera que encontraste? Oh, pobre diablo... Pobre, pobre diablo... ¿Acaso creías que lo vuestro era duradero? De ser así debiste quedarte y morir con ella. Pero huiste. Te lanzaste a saben los dioses dónde y ahora vuelves para reprocharme el mal que tú mismo causaste. Tu destino siempre ha sido morir, bastardo. Tu existencia ha sido una deshonra desde el momento mismo en que te engendraste en mi interior- Devak mantuvo su aspecto jovial ante aquellas palabras
-No vas a culparme a mí otra vez por tus acciones. Aún con tu rey muerto sigues viniendo al arruyo de la oscuridad para follarte a tu guardaespaldas, sin importarte cuantas veces puedas engendrar bastardos como yo- Patme no soportó aquellas palabras y le escupió directamente a las botas -Me has culpado de cada uno de tus errores. De todos ellos. Me has achacado tus miedos, me convertiste en tu miedo. Lo hiciste tú misma- el pirata sintió que le temblaba la barbilla, pero se recompuso -Y yo sólo quería a alguien a mi lado, como cualquier niño- se abrió de brazos -¡Pero me tiraste a la calle!- rió, para contener el pesar de su garganta -Y desde entonces has buscado matarme con cualquier excusa, porque crees que te quitaría el trono, o al rey, o a tus hijos, a los de verdad, a los hijos del rey Salman...- suspiró - Me diste la vida para ocultar el error del embarazo ¿eh? Me quitaste el derecho a vivir junto a una familia. Me obligaste a malvivir y a buscarme un hogar y cuando lo encuentro te crees con el derecho de arrebatármelo en vez de dejarme en paz...- apretó la empuñadura de la espada -¡¿Quién demonios te crees que eres, Patme Rajni!?- le rugió tan a la cara que los cabellos de la reina casi se mecieron, pero fue más por la tormenta que ya les aclanzaba que por la ira de Devak
-Debí arrancarte de mi vientre como arranqué tu semilla de la barriga de aquella fulana...- negó con la cabeza sin dejar de mirarle, avergonzada
-Debiste hacerlo- una lágrima, por fin, comenzó a rodar por el moreno rostro de Devak, cargada de odio y miseria -Todo hubiese sido más fácil- se recompuso lentamente -Pero es demasiado tarde para todo. Para matarme, para pedir perdón y clemencia. Una vez más me toca tomar la iniciativa y construirme mi propia vida, mi reino. Pero esta vez sí tomaré lo que me pertenece, a su vez, lejos de ti-
-No podrás labrar un reino en esta tierra que opaque el trono de mi linaje, usurpador-
-Oh, madre...- los labios de Devak se curvaron en una tierna sonrisa, susurrante -Mi reino no está en tierra. Tú me acompañarás en su creación-
-Antes prefiero la muerte- le desafió
-En ningún momento he dicho que vendrías viva- la espada se clavó de forma feroz en el cuello de la reina hasta derribarla. Las damas y los soldados apresados gritaron de rabia e impotencia, así como de terror.
Una y otra vez, la espada serrada y oxidada de Devak caía sobre la carne de su madre hasta que por fin la cabeza se descolgó del resto del cuerpo. La tomó de los cabellos y la metió en un viejo cubo cercano, que luego envolvió con el pañuelo que ella llevaba en la cabeza. Con la sangre filtrándose a pequeñas gotas condensadas a través de la madera del cubo, caminó hasta el centro de cubierta -Este barco ahora me pertenece. Llevad el cuerpo de la reina al Ashura y también a los soldados. Quedaos a las mujeres si queréis ¡Este es nuestro nuevo hogar!- gritó y dio una fuerte patada al suelo de dura madera -¡Este es nuestro nuevo reino! ¡Indra!- alzó el cubo sangrante y sus hombres le vitorearon con fervor.
Momentos más tarde, el Ashura, el barco en el que Devak Rajni y sus hombres llegaron al Indra de la reina Patme, ardía en llamas. Lo cubrieron con alquitrán para hacerlo más invisible en la noche para el abordaje. Una negra sombra que no vieron venir. Ellos zarparon en el gran navío, con el capitán en la popa, manos cruzadas tras la espalda, en su primera victoria. El cuerpo de la reina ardía atada a la vela mayor como un símbolo de sacrificio mientras los hombres agonizaban entre las llamas. La tormenta ya comenzaba a arreciar. Pronto apagaría las llamas y el reino encontraría a su difunta reina madre casi carbonizada en los fuegos de un infierno que ella misma creó en el alma de Devak.
...
-¿De verdad quieres que me crea esa historia?- bufó el muchacho con una cerveza en la mano, sin dejar de mirar de soslayo a la chica que atendía la barra, seguramente oyendo el mismo cuento que él. Johny el Bocas no hablaba precisamente bajo. Jamás
-¿Y por qué no? Es de las mejores que he oido últimamente-
-¿Y quién te la contó?- suspiró Nathan, sin mirar a Johny
-Ah, una puta que me agencié hará... ¿Medio año? ¿Dónde fue...?- intentó hacer memoria
-Tampoco hace falta tanto detalle por un cuento, John-
-Para ser un cuento me lo contó con mucho sentimiento. Oh, sí. Recuerdo sus lágrimas a borbotones. Ahora que lo pienso, aquella puta era india y...-
-Si vas a decirme que podría ser una de las doncellas que esos piratas se llevaron, creeme... lo dudo mucho. No, qué leches. Directamente no me lo creo-
-Pues deberías, hijo. Tu padre siempre ha sido bueno oyendo toda clase de historia de esta índole y ha prestado precauciones. Tú deberías también. Imagina si ese tal Devak Rajni existe de verdad y algún día viniese aquí, a Punta Ithaca... sería horrible- se estremeció
-Nada se le ha perdido aquí a un pirata...-
-Hay bellas mujeres. La hija del comandante Steel sin ir más lejos, es toda una monada, por lo que cuentan. Incluso esa muchacha, la hija del tabernero. Es toda una belleza. En manos de gente así, acabaría muerta o como aquella puta-
-...No- terció definitivamente Nathan -No pasará. Es imposible que algo así ocurra- se terminó la cerveza de un trago
-No llames a los vientos negros hijo. Nunca los desafíes o traerán hasta aquí sus velas...- Johny se puso en pie, tambaleándose, borracho como una cuba, dispuesto a marcharse de la taberna tras varias horas de visita.
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