miércoles, 16 de mayo de 2018

Tal y como el general había advertido, el coche de caballos se detuvo frente a La Indomable a primera hora de la mañana.

Rose había tomado apenas unas cuantas cosas necesarias, como una muda de ropa limpia y un pañuelo, para meterlas todas en el interior de un saco que la acompañaría durante todo un mes. Tenía que admitir que le había costado lidiar el sueño durante las pocas horas de la noche en las que podía descansar. No le preocupaba su padre, sino la nueva tarea que tendría que realizar. Se preguntó decenas de veces como sería Amelia, puesto que, aunque experimentada entre los hombres, no sabía como tratar a una mujer, menos aún si era una mujer complicada.

En cuanto el primer gallo anunció la salida del sol, la chica se echó el saco al hombro y se dispuso a salir de la casa, la cual estaba ubicada en la parte superior de la taberna. No la echaría de menos, de eso estaba segura. ¿Quien podría echar de menos una casucha sucia y destartalada llena de goteras? Sin embargo, justo antes de abandonar la vivienda, fue detenida nuevamente por la cavernosa y somnolienta voz de su padre.
-Ya sabes cual es el trato- anunció.
-No hay ningún trato-
-Entonces ni se te ocurra volver por aquí- Rose suspiró pesadamente, de forma que tuvo que volverse para mirarle.
-Has estado obviandome como hija durante cinco años. Cuando madre murió dijiste que no querías hacerte cargo de mi. Tampoco quisiste darme trabajo aquí y tuve que demostrarte que era tan válida como tú para que finalmente aceptaras. ¿Con qué derecho me pides ahora mí dinero?- gruñó -Nunca he sido una hija para ti-
-Pero eres mi empleada-
-No te debo nada por ser tu empleada. Al contrario, tú me debes dinero a mi-
-Búscate otro negocio si tan descontenta estás con este-
-Eso haré. Mi propio negocio. Quédate tranquilo, no vas a volver a verme una vez lo tenga-
-¿Tú? ¿Un negocio?- Edward rió ante la idea, para después señalarla -¿Qué negocio vas a montar tú? No eres más que una mujer pobre que no tiene donde caerse muerta.- Rose se negó a oír más. Mientras su padre seguía riéndose, abrió la puerta y se marchó.

Al poner un pie al otro lado de la casa, sobre el suelo húmedo y sucio de la calle, sintió que daba un paso adelante en su vida. Sintió terror por momentos, y después, se permitió unos segundos para respirar profundamente y liberar las tensiones. Montó en el coche de caballos y cerró la puerta, para que éste comenzase a tirar de ella hacia su nuevo destino.

Por el camino, Rose contempló como dejaba atrás numerosas casas y viviendas de Punta Ithaca para adentrarse en una zona menos habitada y más virgen que, desde que nació, había frecuentado pocas veces. Numerosas palmeras lucían altas por el sendero que los caballos recorrían cuesta arriba, alejándose cada vez más de la costa y adentrándose en el corazón de la isla. Al ver la naturaleza salvaje y la oscuridad de la zona, Rose entendió rápidamente por qué desconocía aquel lugar: Su madre jamás la había dejado jugar allí. Seguramente, le habría contado alguna historia de terror para persuadirla, cuando lo que realmente deseaba es que se alejase de las viviendas de los soldados que protegían la colonia. No debía hacerles demasiada gracia que una niña jugase cerca y pudiese llegar a hacer algún verdadero estropicio, pues los críos de la isla tenían fama de ser demasiado traviesos.

El coche se detuvo ante las puertas de una casa blanca, impoluta y bien cuidada. Era alta y frente a ella, se situaba un pequeño jardín delimitado por unas vallas negras y puntiagudas demasiado altas como para que cualquiera pudiera sortearlas. El hombre que había dirigido los cabellos, abrió la puerta de la verja y dejó pasar a la chica. Nada más entrar al jardín, William Horner abrió la puerta, vestido con el característico uniforme rojo de la milicia y cargando un enorme saco. Además, sobre su espalda colgaba un fusil bastante imponente. Parecía que se despedía de alguien que había a sus espaldas, pero a quien Rose no alcanzaba a ver.
-Oh ¡Rose!- William la miró, alegrándose de que el coche hubiese llegado sin percances. -Qué alegría que ya estés aquí. Ven, acércate- La chica obedeció, algo nerviosa -Ella es Amelia. Amelia, ella es Rose. Te va a acompañar en todo momento ¿De acuerdo?- De atrás de William, asomó una chica de cabellos rubios, casi dorados, ondulados y perfectamente peinados. Tenía la tez blanquecina como la leche y la nariz puntiaguda y rosada. Sus ojos de color avellana parecían algo apagados.
-Hola- Rose no supo que más decir.
-Hola- Dijo Amelia, igual de seca.
-Bueno, tesoro. Me tengo que ir. Volveré antes de que puedas empezar a echarme de menos- William abrazó a su hija y se apartó de ella. -Rose, tu pago está en el salón. La mitad a mi regreso, como habíamos acordado- La chica asintió sin más.

Ambas, contemplaron como el general montaba en el mismo coche que había transportado anteriormente a Rose y se marchaba del hogar, haciendo que reinara el silencio en aquel solitario jardín. La mujer se volvió para contemplar a Amelia, quien estaba cruzada de brazos en la puerta. -Le dije a mi padre que no necesitaba compañía-
-Bueno... Yo solo necesitaba trabajo- aseguró.
-¿Quieres desayunar?-

Rose no tuvo que contestar para que Amelia entendiese que estaba hambrienta. El estómago de la chica rugió y sus ojos centellaron al imaginar qué clase de desayuno podrían servir en aquel lugar. Por supuesto, sus imaginaciones no la traicionaron. Amelia la condujo hasta el comedor, donde, sobre la mesa, había dos tipos de zumo, pan recién hecho y mermelada casera. Rose no puedo evitar tomar asiento sin pedir permiso y empezar a engullir comida como si llevase una semana sin comer.
-Si quieres puedo pedir que te sirvan más...-
-¡¿En serio?!- Rose se excito más de la cuenta, de forma que tosió, tragó la comida que tenía en la boca y corrigió el tono de voz -Quiero decir... Vaya, cuanta comida- Aquel comentario debió hacerle gracia a Amelia, que sonrió y relajó los hombros que, hasta ese momento, había mantenido firmes y rectos.
-Pasa lo mismo con el almuerzo, la merienda y la cena-
-¿En serio tienes merienda?- Rose sintió ganas de llorar. ¡Iban a pagarle por comer al lado de una chica durante un mes! ¡Y nada más y nada menos que manjares!
-Claro... ¿Tú no comes nada entre el almuerzo y la cena?-
-No, y a decir verdad, a veces no tomo nada en la noche-
-Vaya... ¿Por qué?-
-Porque no tenemos demasiado dinero y disponemos de mucho trabajo. Mi padre y yo trabajamos en una taberna-
-Eso me dijo mi padre, pero no imaginé que el negocio fuese mal-
-Y no va mal, pero... Allí solo se sirve alcohol y muchos clientes ni si quiera pagan al salir- Amelia no supo que decir. Por momentos volvía a ponerse tensa y no sabía muy bien que más decir, y eso es algo que Rose captó -Bueno ¿Que te gusta hacer? Diariamente, quiero decir-
-Pues... Lo normal-
-¿Que es lo normal?-
-Me gusta leer, coser, dar un paseo por el jardín...- Rose se quedó un momento sin pestañear, observándola fijamente -¿Qué ocurre?-
-Sinceramente, no se leer ni coser. Se andar por el jardín al menos-
-¿No sabes leer? ¿Ni coser?-
-Verás... Mi madre fue una mujer que siempre estaba enferma, así que no tenía tiempo para enseñarme cosas como coser. Además, su familia siempre fue muy pobre, de manera que ella tampoco sabía leer. Mi padre, por su parte, no ha querido hacerse cargo de mi en cuanto a responsabilidades paternales se refiere. Todo lo que he aprendido, lo he aprendido yo sola. Como sumar, restar, multiplicar y dividir, por ejemplo. Leer... a penas se leer unas cuantas cosas, lo suficiente como para reconocerlas, como los nombres de muchas bebidas. Y coser... Bueno, una vez le cosí una herida a mi padre en el brazo y le dejó una cicatriz un poco fea, pero fue efectiva- Rose sintió que, conforme hablaba, iba desilusionando poco a poco a la chica. Sin embargo, Amelia empezó a sentir confusión.
-Oye si no quieres estar aquí... Ya le dije a mi padre que podía estar sola sin problemas-
-Tranquila, eres mejor compañía que mi padre, eso seguro.- Admitió, metiéndose un enorme trozo de pan en la boca.
-¿Estás segura?- Rose asintió. Amelia empezó a juguetear con los dedos sobre el regazo. Parecía nerviosa, pequeña e inocente. No comió nada y se limitó a mirar a Rose comer. Desde luego, parecía una chica la mar de inofensiva. -¿Y... te gustaría que te enseñase a leer?- Aquella pregunta cogió a la morena desprevenida, haciendo que dejase de comer para replantearse por un momento el ofrecimiento.
-Bueno... ¿Por qué no?-
-¡Estupendo! Si... Si quieres también puedo enseñarte a coser y...-
-Espera, espera. Voy a estar aquí unos días. No creo que me de tiempo a aprender todo-
-Está bien, está bien. ¿Quieres ver mi habitación?-

Cuando terminaron de desayunar, Amelia quiso acompañar a la chica hasta su dormitorio. Lo que Rose encontró allí fue todo un lujo para ella. La rubia tenía una habitación decorada en tonos amarillos suaves y completamente amueblada. Tenía una cama con una colcha preciosa, un armario con espejos en su interior y un tocador. También tenía una mesa sobre la que descansaban algunos libros y una pluma. Comparado con las cuatro paredes y un camastro que componían la habitación de Rose, aquello era la habitación de una reina. -¿Te quedarás a dormir?-
-Creo que sí-
-Entonces, déjame enseñarte tu habitación-

Cuando ambas salieron de la habitación, pasaron por un estrecho pasillo bien iluminado, sobretodo porque una de las ventanas que lo decoraban estaba rota y siento arreglada en ese preciso momento por un muchacho. Rose no lo reconoció, pero al pasar por su lado, el hombre la llamó y ésta se giro para mirarle.
-Eres tú...- afirmó entornando los ojos. En efecto, se trataba de Nathan, el chico que la anterior noche había hablado con ella en la puerta de La Indomable. -Pero ¿Qué haces aquí?-
-Reparo los daños-
-¿Reparas? No sabía que eras carpintero-
-Ayer tampoco sabías que era tu cliente- El chico sonrío, para nada ofendido, más bien complacido.
-Si no fuera porque el señor Horner paga bien, diría que me estás siguiendo- bromeó. Aquellas palabras hicieron que Nathan se pusiera algo nervioso, de manera que se le cayó el martillo al suelo, casi dándole en el pie.

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