Las viejas canciones de taberna resonaban en la cabeza de la chica como una nana con la que hubiese podido crecer. Estaba tan acostumbrada, tan experimentada en el trabajo al rededor de hombres borrachos, que determinadas melodías dejaban ya de resonar en sus oídos si no prestaba la suficiente atención.
Limpiaba la barra de madera oscura con ahínco. Las noches eran complicadas, puesto que eran las que mas suciedad generaban. No pasaba nada si se dejaba una mancha de ron sobre la superficie, claro. Ningún hombre deseoso de refrescar su boca con el ardor de una buena bebida se fijaría en una simple gota sobre la madera. Quizás era la determinación, el ímpetu o la implicación en su labor, lo que hacía que la chica no dejase de trabajar ni un instante.
-¿Un whisky por aquí?-
-¡Ron! La botella entera, preciosa-
Las demandas y peticiones iban y volvían sin parar. Rose se movía con agilidad al rededor de las mesas, desenvolviéndose con rapidez. Quizá por eso Edward Miller, su padre, había decidido dejarla trabajar con él. La miraba desde detrás de la barra, mientras limpiaba con un trapo húmedo un vaso opaco, sin decir nada.
Por lo general, Edward era un hombre muy callado. Era algo que mucho de sus clientes detestaban y habían olvidado desde que Rose trabajaba en La Indomable. Siempre andaba serio, cabizbajo e incluso gruñón. Era consciente de su mal carácter, pero tampoco deseaba remediarlo. Consideraba que no lo necesitaba: Tenía un trabajo que le permitía subsistir. Todo lo necesario en la vida de un hombre ya lo había tomado. Por tanto, la impasibidad era su mayor fuerte.
En mitad de la noche, un hombre bien vestido y limpio. entró en la taberna. Todos los clientes se giraron al oír el chirrido de la puerta hinchada abrirse, incluso en mitad del jolgorio. Cuando vieron a aquel hombre de aquella guisa, todos callaron. El propio nuevo cliente lo notó y por ello, profirió media sonrisa.
Edward, por su parte, no pudo quitarle ojo de encima. La Indomable solamente era visitada por hombres de pocos recursos, borrachos asiduos y viejos desamparados. Un hombre bien peinado y aseado nada tenía que hacer allí.
Cuando el hombre se acercó a la barra, tomó asiento en uno de los taburetes altos y raídos y pidió una copa de ron mientras echaba un vistazo general al lugar, donde todos seguían callados y mirándole con mayor o menor educación.
Edward sirvió lo que el hombre le pidió, acercándoselo para que tuviese que hacer el menor movimiento posible. Mientras el recién llegado bebía, Edward se planteaba posibilidades y ninguna le gustaba. Odiaba las peleas en su taberna, porque siempre acababa algo roto que tendría que pagar él mismo. -¿Todo bien?- se atrevió a preguntar.
-Totalmente. Es un buen ron- respondió el hombre.
-En mi taberna siempre hay buen ron-
-Por eso he venido. Llegó a mis oídos la calidad de sus productos. ¿De donde vienen?- Edward se sintió incómodo, de manera que dio un paso atrás y se mantuvo erguido. Rose, desde unos metros más alejada, pudo ver la reacción de su padre, de forma que se acercó para saber qué ocurría.
-Oiga, si ha venido en busca de algo en concreto, pídalo sin mas-
-¿Algo en concreto?- El hombre sonrió -¿Acaso no puedo disfrutar de un momento tranquilo después del trabajo? ¿A qué cree usted que he venido?-
-Por sus pintas, diría que...-
-¡Padre!- Rose se acercó a pasos agigantados, interrumpiéndolos a ambos. Realmente, aquella era la verdadera intención de la chica. Tenía por costumbre intentar ralentizar los problemas para poder entrar a ellos y mediar. Aunque claro, no siempre servía esa estrategia. -¿Puedo ayudarle en algo, caballero?- Preguntó con una sonrisa.
Tanto Edward como aquel hombre suspiraron, ambos a la vez. Liberaron, de alguna manera, la pequeña tensión que se había creado entre ambos.
-Tranquila, tengo lo que quiero-
-Si desea más ron, solemos ofrecer toda la botella a los clientes para que se sirvan lo que deseen-
-Una propuesta muy tentadora, pero es suficiente. No quisiera perder la razón y provocar un mal entendido...- Explicó, lanzando una mirada intencionada al tabernero. -Ha sido un duro día de trabajo, pero eso ni impide que mañana deba presentarme al mismo tan fresco como hoy- Al decir aquello, a Rose le brillaron los ojos: Aquella era su oportunidad. La chica se adelantó hasta quedar frente al hombre, haciendo que su padre se echase a un lado.
-¿Trabajo duro, eh? Aquí vienen muchos hombres como usted-
-¿Soldados de Nueva Columbia?- Ahí lo tenía.
-No, no. Me refiero a... Hombres con trabajos tan duros como el de usted- sonrió y el soldado asintió. -Claro que usted es el primero soldado que pasa por aquí-
-No me extraña. El trabajo es tan agotador que algunos no tienen fuerzas ni para tomar un trago antes de ir a casa- El hombre dio un nuevo trago a su vaso y miró a la chica. -Puedes decirle a los demás que no estoy en una misión de redada de ladrones o algo así. Ni si quiera me dedico a ello- Rose alzó la vista por encima del hombro del soldado y pudo contemplar como todos los clientes aún miraban de reojo al hombre, inseguros. La chica hizo un gesto para que se relajaran, pues no había peligro. En segundos, la música y el jolgorio volvieron.
-Tendrá que perdonarles. Son unos clientes muy fieles-
-Ya veo...- Sonrió.
Tras unos minutos en los que Edward se encargó de atender a las mesas y su hija de atender en la barra, el hombre le dedicó una mirada de arriba a abajo a la chica, con cierta tristeza. -¿Que edad tienes? Si me permites la pregunta- Rose le miró con una ceja alzada
-Menos que usted- El hombre captó la indirecta en las palabras de la mujer, lo que hizo que se pusiese algo nervioso.
-No... No quería... Lo decía porque creo que tienes la misma edad de mi hija. Ella no trabaja. No lo necesita, claro. Yo me encargo de que no lo necesite-
-Que afortunada-
-Sí... el caso es que... ella esta algo enferma. Siempre ha sido una chica débil. Y verte a ti, ágil y rápida... Creo que ella te envidiaría- Rose dejó lo que estaba haciendo para acercarse al hombre nuevamente.
-Es posible, pero no envidiaría lo que hago aquí. Nadie lo haría- comentó, echando una vista rápida al resto del lugar. Había algunos hombres tirados por el suelo, borrachos como cubas. Otros jugaban a las cartas para terminar peleándose. Y otros, simplemente, hacían demasiado ruido.
-Tus ojos... se ven muy apagados en este momento. Odias esto ¿No es así?- Rose se sintió realmente incomoda al saber que el hombre se fijaba en ella con tanto detalle.
-Y los suyos brillan demasiado. Dijo que sólo solo una copa- Advirtió la chica. El hombre sostenía en una mano el vaso y en otra, la botella que anteriormente se había negado a tomar. No pudo evitar sonreír. Le había pillado.
-Mañana me envían muy lejos de aquí. Regreso a Nueva Columbia por unas gestiones que me tomarán más de un mes. Para mis compañeros es algo bueno, para mi es... un despropósito como padre. Me voy y dejo a mi hija enferma en esta isla llena de...- tuvo que callar al comprender que no estaba en el lugar más idóneo para hablar de lo que pensaba sobre los habitantes de Punta Ithaca.
-Todos soportamos momentos duros en nuestras vidas- comentó la chica, recordando acontecimientos que aún resonaban recientes y dolorosos en su interior.
-Lo sé y lo afronto. Pero Amelia no. Ella no merece quedarse sola, no en su estado. Ella es...- Al hombre le temblaron las manos y sus ojos se tornaron húmedos en un instante. Rose sintió compasión al verle tan afectado. Sin lugar a dudas, se sentía lo suficientemente perdido y abrumado por su marcha como para beber en un lugar de mala muerte como aquel.
-Oiga... A veces los padres piensan que sus hijas no son válidas para valerse solas en el mundo. Mi padre lo hacía- Explicó, apoyándose en la barra justo frente a él -Tuve que demostrarle que estaba equivocado hace unos años y por eso estoy aquí, trabajando- El hombre levantó la vista rápidamente.
-¡Eso es!- El hombre alzó las manos y tomó las de Rose con cierta fuerza. A Edward no se le escapó ese detalle y caminó deprisa hasta la situación de ambos. -Tú... Tú podrías...-
-¿El qué podría?- Preguntó nerviosa
-¿Que ocurre?- Preguntó Edward al llegar
-Tú podrías quedarte con mi hija durante toda mi ausencia. Podrías hacerle compañía-
-¿Qué?- Edward no entendía nada
-Disculpe, pero como ve estoy más que ocupada aquí. No tengo tiempo para cuidar de niñas-
-No, no te gusta estar aquí.-
-No he dicho lo contrario, pero este es mi trabajo. Lo siento, señor. Me temo que ha bebido ya bastante...-
-Te pagaré el triple de lo que aquí ganas a diario.- Aquello captó la atención tanto de Rose como de su padre -Y comerás en mi casa, te asearás en mi casa e incluso si quieres dormirás en una de las habitaciones de invitados de las que disponemos- ¿Qué clase de hogar tenía habitación de invitados? Rose sintió una punzada interior. La sugerencia era demasiado llamativa. -Te pagaré la mitad mañana mismo antes de partir si lo deseas. ¿Cuanto ganas aquí?-
-Cinco denas diarias- mintió. Realmente ganaba dos.
-Pues tendrás quince diarias. ¿Qué me dices? Por favor... Amelia es encantadora y adora cualquier compañía. No tiene amigas y se que era muy apreciada por las que tenía en Nueva Columbia antes de mudarnos. Por favor, te lo suplico. Solo es compañía... quince denas diarias por hacerla sentir acompañada... Por favor...- Rose miró a su padre y éste, puso los ojos en blanco.
-Quince denas diarias. La mitad del pago mañana y la otra a su regreso. Estaré con ella todo el día, solo con ella. El trato no implica hacer de niñera a más personas-
-En casa solo hay dos sirvientes. No tienes de qué preocuparte... Ay, cielos. ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!- El rostro del hombre se iluminó por completo y no era gracias al alcohol. De repente, no sintió necesidad de estar allí sentado, bebiendo y asemejándose a un vagabundo, de manera que se puso en pie y se reajustó la chaqueta azul que vestía.
-William Horner, Capitán de la marina de Nueva Columbia- le tendió la mano a la chica. Sin embargo, ella no pudo estrecharle la mano tan rápidamente. ¡¿General?! Pensó que debería haber aumentado más aún su tarifa.
-Rose... Rose Miller- se presentó.
-Mañana a primera hora vendrá un coche a buscarte. No necesitas llevarte nada. Allí dispondrás de todo cuanto necesites. Un placer, Rose- Volvió a estrecharle la mano, para luego despedirse y marcharse de la taberna.
Rose no sabía qué hacer ni qué pensar. Todo había ocurrido sin poder adelantarse. Ni si quiera sabía si podía confiar del todo en aquel hombre, por muy bien que vistiese y por muy cara que pareciese su chaqueta azul. En cualquier caso, al día siguiente iba a disponer de mucho dinero y al finalizar aquel mes, más aun... Rose sonrió enormemente. ¡Por fin empezaban las cosas a cambiar! Se tomó un minuto para salir fuera de La Indomable y respirar aire puro y fresco de aquella noche, clara y llena de estrellas. Su sueño... cada vez estaba más cerca.
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