-Enhorabuena, supongo- la voz de Nathan brotó áspera de su garganta, en bajo tono, casi como un suspiro. Cuando la chica se giró para mirarle, aún parecía brillarle la cara.
-¿Eh? ¿Perdona?-
-Enhorabuena, digo. Por... el trabajo- Nathan jugaba con una especie de piedrecita entre sus dedos. Estaba apoyado contra el marco de la puerta, desde la que se oía a través de la abertura las voces del interior.
-Gracias... supongo- la chica miró a todas direcciones, un poco extrañada. En ese momento no podía decir quién era ese muchacho
-No sabes quién soy- sonrió él con cierto aire de tristeza -Soy tú cliente- señaló hacia dentro de la taberna
-Comprenderás que no me quede con todos los rostros que vienen a tomar algo aquí- suspiró ella -La cosa es que ni siquiera recuerdo verte pedir algo que tomar ¿Estás seguro de que eres un cliente?-
-Muy seguro- la mirada del mucahacho la alcanzaba como algo extrasensorial. No era algo que ella sintiera, era algo que él transmitía. Parecía que había algo que quería decirle, o algún secreto que luchaba a voces por salir de la garganta de aquel joven que no conseguía salir de su boca
-Bueno, en cualquier caso, como día, gracias-
-Rose- la dura y grave voz de su padre brotó a través del umbral de la puerta mientras su enorme manaza la empujaba para encontrarse a ambos jóvenes hablando bajo el cielo nocturno -¿Interrumpo algo?- su pregunta fue mucho más seca de lo que él mismo pretendía que sonara
-Nada, señor. Yo ya me iba- Nathan se incorporó y se guardó la piedrecita en el bolsillo
-Eso suponía. Largo, Nathaniel- hizo un gesto con la mano indicándole el camino, con bastante mal humor. El joven procedió a marcharse sin siquiera decir adiós. Rose lo observó continuar su camino sin mayores reparos -¿Ya estás buscando marido?- la pregunta tomó completamente de imprevisto a Rose, que por supuesto, no la recibió de buena gana
-No quieras ahora fingir que te interesa mi vida- se cruzó de brazos la chica
-Me interesa mientras me afecte. Veo que has aceptado la idea de ir a trabajar para el General Horner demasiado rápido, sin consultarme- frunció el ceño
-¿Desde cuando opinas sobre algo que me competa, padre? Es un trabajo, además. En el que ganaré mucho más que trabajando aquí contigo-
-Te necesito en la taberna. No puedo ocuparme yo solo- gruñó
-Sí puedes. Distinto es que quieras hacerlo-
-Al menos, si vas a marcharte, deberíamos hablar de una compensación económica- Rose no pudo evitar reirse al oír aquello
-Ah, sí. Eso era lo que querías y no mi presencia. Qué valor-
-Eres mi hija, debes contribuir-
-¿Tu hija?- soltó un bufido que acabó en carcajada -Sí, claro...- la chica se cansó de la conversación y tomó pie a entrar de nuevo a la taberna para seguir trabajando. En ningún momento temió que Edward Miller, su padre, la fuese a detener... pero lo hizo, y sin tocarle un pelo
-Si te vas de aquí, niña, y no traes ni una sola moneda a mi mesa, puedes ahorrarte el volver. Tenlo presente a partir de mañana- Rose se quedó quieta escuchando, pero no le miró. No le dio ese gusto, pues sabía que en el fondo de ese hombre despectivo, esperaba que ella le mirara con ojos vidriosos, dolida e insultada. Si en algo no se equivocaba era en haberla insultado precisamente. Y no se le cumpliría ese deseo que él albergaba dentro. La noche no podía acabar lo bastante rápido.
En otro lugar, alejado de Punta Ithaca, dos jóvenes muchachas sollozaban mientras cargaban sendos jarrones de cerveza que posteriormente volcaron sobre una cantidad ingentes de vasos elegantemente tallados. Piratas, todos aquellos hombres que estaban en el burdel, se relamían los secos y agrietados labios con sólo ver sus sujerentes escotes temblar con cada llanto que se apoderaba de ellas. Deleitándose, además, con el brevaje que les servían. Apartado de ese número de energúmenos entre los que había caras nuevas para la tripulación, el capitán del Indra, Devak Rajni, se acostaba sobre un elegante sofá mientras tres chicas le peinaban los cabellos y una última le metía con dulzura una uva entre los labios -No está mal este lugar- sonrió complacido por el trato recibido. Él y sus piratas eran los únicos. El suelo estaba regado de cadáveres, tanto de hombres que frecuentaban el lugar como de mujeres que trataron de resistir los abusos de aquellos canallas -Dotty ¿No es acaso un buen lugar?- Dotty era como se denominó la madame de aquel burdel, que se encontraba desnuada contra una pared, encogida y abrazándose a sí misma. Apenas tendría una edad similar a la de la madre de Devak y la piel curtida y morena por el sol le hacia recordar ligeramente a ella. Fue por eso por lo que se sintió tan complacido al ver cómo sus hombres hicieron con ella lo que quisieron -Venga, mujer, no seas tan triste...- las chicas que le peinaban lloraban de puro terror -¿Y vosotras por qué lloráis? Ah, por todos los vientos, qué deprimente...-
-¿M-mi señor me diría... qué es lo que busca?- se atrevió a preguntar la chica, pelirroja y con cara de niña, que le daba uvas
-Uhm- masticó -¿Oís? Ninguna me ha dicho una sola palabra desde que llegamos al atardecer y por fin una tiene la iniciativa- le sonrió -Muy bien, preciosa ¿Cómo te llamas?- se incorporó en el sofá, obligando a las demás a dejar de peinarle su larga melena
-A-anne...-
-Anne... Bonito nombre Anne. Dime, tú que te has dedicado a conocer de forma muy, muy profunda a diversos marineros ¿Qué crees que quiere alguien como yo?- se mesó la barba, divertido
-Yo...-
-Ah, ah, ah- levantó un dedo para hacerla esperar -Espera, espera. Como llevo horas aburrido, déjame aclarar que si te equivocas, te abriré en canal y te colgaré boca abajo de la proa de mi barco- y con los ojos de un niño pequeño, esperó entonces su respuesta.
Anne lo estudió de forma pausada, analítica con cada parte de su ser. Por su prencia era un hombre arrogante y con actitud para liderar, narcisista por cómo ordenó que se cuidara de sus cabellos y se le diera de comer cómodamente, cruel por cómo dejó que sus marineros trataran a las prostitutas y extrañamente íntimo pues él bajo ningún concepto mostró deseo alguno de complacerse con alguna de ellas cuando decía estar enormemente aburrido... ¿Era eso? ¿Simplemente buscaba...? -¿Diversión?- preguntó de forma tímida, asustada, casi encogiéndose. Devak la miraba en silencio sepulcral mientras le tomaba la mano y se la arrastró hacia sus labios, para comerse la siguiente uva
-Muy bien, cariño. Diversión... ¿Y cómo se divierte un hombre como yo...?- su mirada se volvió fiera, predatoria. Los ojos de un salvaje e indómito león.
-Un hombre como vos...- ella miró a su alrededor. Los cadáveres brutalmente destrozados, el burdel convertido en completa propiedad -¿C-conquistando...?- Devak echó mano a una de las pistolas que llevaba dentro de su elegante y larga chaqueta oscura y apretó el gatillo. El estruendo de la explosión de la pólvora hizo gritar a las mujeres, incluida Anne, que casi tosió con el humo de la pólvora
-Fantástica, eres perspicaz. Es una lástima que no seas como ella...-
-¿Como... quién?- Devak negó con la cabeza
-Limitate a decirme algo interesante, hermosura- le puso en cañón de la pistola bajo la barbilla y le levantó el rostro -¿Cual es el lugar más cercano que un hombre como yo, que se divierte conquistando y se quiere divertir, puede acudir?- Anne sintió el nudo en su garganta dejarla sin respiración
-P-Punta Ithaca... ¡Pero es una colonia protegida! Quiero... quiero decir...- las otras chicas la miraban con desaprovación
-¿Protegida? ¿Qué quieres decir?- Anne se sintió fatal, pero el miedo la hizo hablar. Debería haberle dejado partir y encontrarse de bruces con la marina y que se pudriera en el fondo del mar, pero el temor de considerar que ese hombre que tenía en frente la tomara de mentirsa o de que intentase jugársela. El simple horror que le hacía sentir el imaginar lo que sería capaz de hacerle si sobrevivía y volvía al burdel algún día...
-Allí hay un puesto de la marina... Algunos miembros viven allí, algunos importantes. Podríais estar en peligro si...-
-Sublime...- Devak se inclinó hacia ella y le dio un suave beso en la frente -Sublime, preciosidad- le acarició sus rojizos cabellos como un dulce padre y se puso en pie -Caballeros... habéis oído a la dama ¿Quién quiere divertirse?-
Al salir el sol, en el puerto ya se podían oir los golpes del mazo sobre los tornillos, clavos y madera en la carpintería Goldy Gold. Nathan trabajaba desde primera hora arreglando todo tipo de objetos que le llevaban, desde sillas hasta mesas o patas rotas de algún camastro. En la mayoría de las ocasiones, sin embargo, les encargaban arreglar algún destrozo en algún navío. Afortunadamente, hacía ya varios días que no tenía que trabajar en algo tan grande y podía dejarse llevar por sus pensamientos a la hora de trabajar, mientras su padre, Arthur Gold, se dedicaba al placentero hedonismo de beber ron y vino sin control y a contemplar el mar como un alma en pena -¿Se puede?- una voz repentina sobresaltó a Nathan, que alzó la mirada a toda velocidad .
-Buenos días ¿Qué se le... ofrece?- se obligó al terminar la frase al ver que a quien tenía en frente no era ni más ni menos que William Horner, el general de la marina que la noche anterior había estado en la taberna para ofrecer un buen trato a Rose.
-¿Se encuentra por aquí el señor Gold?- sonrió con amabilidad
-Me temo que está indispuesto, mi buen señor- contestó Nathan con toda la educación que poseía -Soy su hijo ¿Puedo ayudaros en algo?-
-¿Su hijo? Ah, estupendo. Verás, debo partir en poco tiempo y quisiera hacer un encargo. Mi casa ha sufrido ciertos daños en el último monzón que pasó por aquí. Ya sabes-
-Sí, lo sé- sonrió Nathan -¿Quién no sufre desperfectos en estas malditas tormentas?-
-Exacto. Hay algunas paredes que necesitan un retoque en la parte exterior. Nada serio, con fortificarlas me basta. Y una de las ventanas de la planta superior estalló en pedazos literalmente- asintió con la cabeza pensativo
-Puedo ocuparme de ello si deseáis-
-Fantástico ¿Tu nombre era...?-
-Nathaniel. Nathaniel Gold-
-¿Sabes cual es mi casa, hijo?-
-Cómo no saberlo, señor Horner- el general le sonrió con amabilidad
-Muy bien. Ten- la bolsa dio un golpe seco contra la mesa. Nathaniel contuvo un suspiro de excitación. Nunca había oido ese golpe provocado por una cantidad de monedas
-Señor... esto es demasiado para el trabajo que me pedís. Es el equivalente a la reparación de una banda de navío- se sorprendió Nathan
-Comprendo- Horner se rascó la nuca -Pero corre mucha prisa. Consideradlo, tú y tu padre, como un pago por una urgencia terrible- le guiñó el ojo
-Por supuesto señor. Urgentemente-
-Muchas gracias hijo. Espero que no encuentres problemas. Mis sirvientes Christopher y Delilah podrán antenderte- con un elegante movimiento de cabeza el general se marchó, dejando a Nathaniel a solas con el dinero. El destino a veces podía ser caprichoso. Ni en sus mejores sueños esperaba que un trabajo le permitiera estar cerca de Rose incluso lejos de la taberna.
No hay comentarios:
Publicar un comentario